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lunes, 16 de noviembre de 2015

LA PORNOGRAFÍA

¿Qué es pornografía?

Según la enciclopedia Sopena es: «Tratado acerca de la prostitución. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas y demás descripciones de conducta sexual, en palabras, películas, vídeos, etc.».

¿La pornografía es o no una cuestión privada?

Hay muchas personas que desaprueban la pornografía pero que no la combaten, convencidas de que es una cuestión privada, producto de la libertad del hombre. Sin embargo, la pornografía no es una cuestión privada porque tiene importantes consecuencias sociales. El sentido común y la experiencia nos revelan que el ambiente que nos rodea influye grandemente en la formación de nuestros gustos, opiniones, creencias y acciones; ¿por qué hemos de creer que esta realidad es menos verdadera en cuanto a la pornografía?

La pornografía no es una cuestión privada porque ataca la dignidad de la persona humana y el derecho a la intimidad de las relaciones sexuales pues hace de ellas un hecho público y mercantil. Ataca el bien individual y el bien común de la sociedad, que se encuentra en gran peligro cuando la degradación sexual y la violencia son motivo de diversión.

¿Puede evitarse la pornografía?

Sí se puede evitar con educación, formación, rechazo y protesta. Una propuesta por demás sencilla es comunicarse constantemente a los teléfonos de los canales de televisión para protestar por determinados anuncios, series, programas, etc., y abstenerse de asistir a los estudios en los que la vulgaridad y el mal gusto están presentes. También pueden mandarse protestas a los periódicos por anuncios que verdaderamente rebasan la decencia o por artículos con los que no estemos de acuerdo.

¿Frenar la pornografía es atentar contra la libertad de expresión?

El Vaticano, en su documento sobre La pornografía y la violencia en los medios de comunicación recuerda que «el legítimo derecho a la libertad de expresión y de información debe ser respetado, pero también los derechos de los individuos, las familias la sociedad a la privacía, intimidad, pública decencia y protección a los valores básicos» (SS, n. 21). En nombre de la «libertad de expresión» se ha atropellado el derecho del hombre a preservar en su hogar un ambiente de decoro y buena educación.

¿Cómo afecta la pornografía a la familia?

Excluye la procreación. Trastorna la relación de amor entre los esposos pues el sexo se convierte en un placer personal. Glorifica la frecuencia, intensidad y longevidad de los poderes sexuales. El sexo fuera del matrimonio es mucho más excitante por la alteración química y la combinación de miedo, culpa y fantasía. Promueve la infidelidad, el adulterio, la fornicación en todas sus manifestaciones, como el incesto, la masturbación, la homosexualidad, la bestialidad, el sexo en grupos, el sadomasoquismo, y el abuso de mujeres y niños.

¿Es cierto que la pornografía causa adicción?

Lo que empieza como una simple curiosidad puede llegar a ser obsesión realmente destructiva; la excitación inicial rara vez es suficiente y se va exigiendo y necesitando material cada vez más explícito y violento. La pornografía llega a ser más adictiva cuando se empieza a temprana edad, y pueden citarse cuatro pasos que la describen: 1) adicción a material que exacerba la lujuria; 2) exigencia de material más explícito y violento; 3) aceptación cada vez más fácil de material brutal, y una mayor insensibilidad, 4) impulso de actuar lo que se ve.

¿Qué otras consecuencias morales trae consigo?

Ofende porque hace público y mercantil lo que por instinto debe ser completamente privado e íntimo; abarata el sexo, y el cuerpo humano queda reducido a sus genitales y borrada la espléndida belleza plasmada por Dios. Degrada a la persona al convertirla simplemente en un ser destinado al placer sexual. Destruye lo más legítimo que tiene el ser humano: su propia estima.

¿Y físicamente hablando?

La pornografía altera la química del cuerpo: libera nuestro «almacén de drogas», como la testosterona en los hombres, la adrenalina y otras sustancias neuroquímicas; la adrenalina crea adicción, sobre todo en las personas de actividades riesgosas. La combinación de culpa, miedo y excitación sexual produce una euforia con un «nivel de despegue» cercano al éxtasis. Esta euforia impide relaciones normales: nada de amor, pues ninguna experiencia sexual normal será capaz de igualar las experiencias anteriores vistas en la pornografía porque, si se ama y confía en la persona con la que se tienen relaciones, se experimenta confianza y desaparece el riesgo, la culpa, la vergüenza y todos esos sentimientos de peligro que tanto excitan.

¿Puede recuperarse un adicto a la pornografía?

La pornografía puede causar daños irreparables en la mente, dañando el buen juicio y el control que todo ser humano debe ejercer sobre sí mismo para no ser una bestia. La pornografía promueve una fantasía destructiva y negativa que aísla de los demás, llegando a ser una adicción especialmente solitaria. Debido a que la pornografía se desempeña mejor en la imaginación, es allí donde a menudo permanece, causando muchas veces impotencia, pues es muy difícil que la pareja responda en la forma delirante que muestra una «buena» sesión pornográfica.

www.catholic.net

viernes, 13 de noviembre de 2015

LAS TENTACIONES

Tenemos una palabra en el lenguaje cristiano que casi nos da miedo el pronunciarla. Es la palabra tentación. Decir tentación es lo mismo que decir prueba, y a nadie le gusta que le prueben, lo mismo en un examen de la universidad que la sangre en el laboratorio.
Pero, al hablar de tentación, hay que partir de la misma Palabra de Dios, la cual nos dice que Él no tienta a nadie, porque no puede pretender ningún mal. Lo que ocurre es que Dios, sabio y bueno, ordena todos los acontecimientos de tal manera que se convierten en demostración de nuestra fidelidad y de nuestro amor al Señor.

Es un hecho constante en la Iglesia que todos los santos han experimentado grandes pruebas.

El cristiano lo sabe bien, y por eso está siempre alerta.

Un día se le desmorona la salud.

Otro, el negocio se le va a pique.

De la noche a la mañana, ve su fama, siempre intachable, arrastrada por los suelos.
Gozaba feliz del amor y la amistad, y se ve de pronto en el abandono sin saber por qué.

La vida le sonreía siempre y en todas partes, y ahora la vida se divierte enseñándole los colmillos y sus garras de fiera.

Y todo esto, a pesar de que tiene en su conciencia una limpieza inmaculada...

Claro está que estas cosas las puede padecer cualquiera, y no precisamente el cristiano. Pero, mientras que el hombre sin fe se rebela, el cristiano sabe que con ello demuestra a Dios su fidelidad, y sabe también que se hace más y más agradable a su Señor.

Es una equivocación, cuando llegan estas circunstancias, echar la culpa a Dios. Por lo visto, es una cuestión muy vieja eso de decir que Dios es el responsable de todos los males que nos vienen encima. El apóstol Santiago tuvo que salir en defensa de Dios, cuando escribió al principio de su carta:

- ¡Dios no tienta a nadie!

Son las circunstancias de la vida las que nos ponen a prueba. Y son las pasiones que llevamos dentro desatadas y mal sujetas desde la caída de Adán y Eva en el paraíso.
Por no traer casos viejos de la Historia, miremos uno del que todos conservamos un recuerdo muy vivo: el del Papa Juan PabloII.

Aquel 13 de Mayo de 1981, el Papa era atravesado por una bala asesina y se debatía entre la vida y la muerte, ante la angustia de todo el mundo. ¿Era Dios quien había afinado la puntería? ¿Se había puesto Dios en el gatillo de la pistola? ¿Quería Dios la muerte violenta del Papa?...

Resulta casi ridículo proponerse estas cuestiones. No; Dios no quería nada de eso.
Sin embargo, ¿qué significó toda esa aventura criminal?... Fue una tentación, una prueba que demostró ser Karol Woityla un cristiano y un Papa excepcional.

El perdón generoso que otorga al asesino, al cual visita en la cárcel.

La paciencia y humildad que demuestra en toda la enfermedad.

La valentía que no le rinde jamás, a pesar de quedar maltrecho su organismo para siempre.
El espíritu apostólico en tanto y tanto viaje, con sacrificios evaluados sólo por Dios.

El abrazarse con una cruz tan pesada, y, clavado en ella, no dejar de cumplir ni uno solo de sus sagrados deberes...

No; Dios no quería aquel intento de asesinato. Pero probó, demostró y dejó al descubierto el valor inmenso, la fe inconmovible y el amor ardiente a Jesucristo, de un hombre realmente extraordinario.

Al llegar una de esas ocasiones difíciles, ¿el cristiano se rinde y abandona a su Dios, como una per-sona sin fe? Entonces la tentación, la prueba, le ha hecho sucumbir, y ha demostrado no estar tan firme en Dios como él se pensaba.

Muchas veces, sin embargo, con la prueba demuestra la autenticidad de su fe, y es cuando sabe decir más que nunca con el salmo veintisiete:

- El Señor es mi luz, mi salvación, mi defensa, nada ni nadie me hará temblar.

La prueba ha confirmado que está verdaderamente apegado a Dios de manera irrompible.

La tentación o la prueba es la gran maestra de la vida. ¿Qué sabe el que nunca ha padecido una contradicción?

Navegante que nunca ha sorteado una tempestad, ¿qué entiende del mar?...

Atleta sin rival en las olimpíadas, ¿de qué medalla puede gloriarse?...

Soldado que no ha estado en la guerra, ¿qué condecoración merece?...

Las páginas de la Biblia están llenas de recomendaciones para ponernos alerta y estar siempre preparados, pues, si queremos servir a Dios, un día u otro seremos tentados. Y Jesucristo nos previene y amonesta:

- ¡A orar, a rezar para no sucumbir en la tentación!

Y nos hace repetir en su plegaria:

- ¡No nos dejes caer en la tentación!

¡La tentación!... ¡Qué malos ratos que hace pasar! Pero, ¡qué valientes que sabe formar!



Una historia sobre las tentaciones que el diablo nos ofrece

Hace un tiempo atrás Satanás realizó una venta de garaje. Allí estaban, parados en pequeños grupos, todas sus brillantes baratijas. Tenía herramientas que ayudaban a romper, a malograr. También había lentes de aumento para aumentar la propia importancia, y que si mirabas por el otro lado, podías usarlos para disminuir a los demás o incluso a uno mismo. 

Contra la pared estaba la usual variedad de implementos de jardinería con la garantía de hacer crecer la soberbia: el rastrillo del desprecio, la lampa de los celos para cavar un abismo entre uno y el prójimo, las herramientas del chisme y la calumnia, de egoísmo y apatía. Todos estos utensilios eran agradables a la vista y venían llenos de promesas y garantías de prosperidad. Lo precios, claro está, no eran muy baratos; ¡pero no había que preocuparse!, tenía grandes facilidades de pago para todos los clientes. "¡Llévelo a casa, úselo, no se preocupe que lo pagará más tarde!" era la frase favorita del Diablo. 

El visitante notó dos herramientas desconocidas y muy desgastadas de pie en una esquina. Y sin ser ni cercanamente tan atractiva como los otros objetos, le pareció raro que estas dos herramientas tuvieran un precio más alto que las demás. 

Cuando preguntó por qué era esto, Satanás sólo sonrió y dijo: "Bueno, eso es porque yo las uso muchísimo. Si no tuvieran tan mala apariencia la gente las vería como son realmente." El Diablo señaló las herramientas diciendo: "Mira, esa es la propia inseguridad y la otra es la desesperanza, y estas serán las únicas que funcionarán."

jueves, 12 de noviembre de 2015

LA ACEDIA

1.    LA ACEDIA ES LA FLOJERA O LA PEREZA EN EL PLANO ESPIRITUAL Y RELIGIOSO

En pocas palabras, la acedia es la flojera o la pereza en el plano espiritual y religioso. Oímos la Palabra del Señor, no obstante nos da cansancio cumplirla. Esta acedia, algunas veces se acompaña de una cierta tristeza, que nos confunde y nos pone lento para los ejercicios que necesita el espíritu y por general, culpamos a la fatiga corporal. En todo caso, no deja de ser negligencia y en muchos casos indolencia, por tanto nos aleja de la virtud de la  caridad con nuestros hermanos, a quienes les dejamos de lado por la acedia.

En efecto, la acedia, no hace sentir un negativo malestar con las cosas que nos exige la fe, en otras palabras, un cierto disgusto de las cosas espirituales, lo que nos motiva a ser negligentes e irresponsable con nuestra profesión de fe, queremos abreviar todo,  y nos hace buscar motivos insignificante para no cumplir con lo que sabemos es necesario para seguir los caminos de los consejos evangélicos. El que está dominado por la acedía, siempre tiene un motivo para no participar de una actividad religiosa, lo peor, es que busca a través del engaño, compasión por sus dificultades.

Es así como podemos definir la acedia como tedio, aburrimiento, fastidio, tristeza, flojera, pereza espiritual, ansiedad del corazón y del espíritu del que la padece y que le provoca esa modorra que lo vence antes las obligaciones como hombre de fe, de orar, ir asistir a Misa, atender a un hermano necesitado, atender su compromiso de comunidad, etc.

Pero también, la acedia, es parte de esa falsa humildad en el sentido de que nos sentimos desmoralizados y por tanto no hacemos nada por confiar en la providencia, porque eso implica paciencia y esperanza y nos da mucha pereza tener que esperar por la ayuda de Dios. Por tanto, la acedia nos puede llevar a la decisión espiritual que se puede transformar en una auténtica huida de Dios, con la disculpa que lo único que deseamos es paz, que nos dejen en paz, pero solo por la flojera de los  deberes que debemos cumplir ante Dios y no queremos hacer nada. Si es así, por la acedia postergamos nuestro camino de santidad o derechamente no vamos hacia el camino de perfección.

2.    LO QUE DICE NUESTRA IGLESIA Y EL CATECISMO SOBRE LA ACEDIA

Del Catecismo: “Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La  tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas”. (CIC 2094). En síntesis, es un pecado contra el amor de Dios y, por ende, contra el Primer Mandamiento.

Del Catecismo se pueden desprender la existencia de muchas faltas que cometemos como consecuencia de la acedia, porque este mal, es parte de la indiferencia, la ingratitud, la tibieza, la pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe, la esperanza y la caridad. Este relajamiento, no hace descuidar aspecto tan solicitados por el Señor como es la oración y la vigilancia de no caer en tentaciones. Y todos, por muy cercanos que nos sintamos del Señor, podemos caer en este mal. Como lo relata el Evangelio de Mateo cuando Jesús invita a tres de sus amigos a una propiedad llamada Getsemaní, y les dice: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo” y luego viene donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil. Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Volvió otra vez y los encontró dormidos”  (Mateo  26, 36-43)

Otro ejemplo claro sobre la acedia, lo encontramos en Mateo: “Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.” Y él respondió: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?  (Mateo, 21-28-31)

3.    LA ACEDIA EN OPINIÓN DE LOS SANTOS Y ERUDITOS EN EL TEMA

San Juan Damasceno definió la acedia como “una especie de tristeza deprimente”; Santo Tomás la describe como “tristeza mundana” San Gregorio Magno la denomina como la apatía en torno a los preceptos. Santo Tomás afirma que siempre es algo malo; ya sea por sí misma o por sus efectos. Es mala en sí misma cuando la tristeza es causada por un bien verdadero, pues el bien espiritual sólo debería alegrar. Es mala en sus efectos, cuando la tristeza es causada por algo que verdaderamente es un mal (y por tanto, tendría razón de entristecer) pero entristece al punto de abatir el ánimo y alejar de toda obra buena. En este sentido San Pablo, hablando del pecador, dice a los corintios: “por lo que es mejor, por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en una excesiva tristeza” (2 Corintios 2,7)

Santo Tomás de Aquino define también la acedia como tristeza del bien espiritual; indicando que su efecto propio es el quitar el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón de las cosas espirituales que prueban a veces los fieles e incluso las personas adentradas en los caminos de la perfección; es una flaccidez que los empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual, a causa de la dificultad de esta vida.

Guigues II, uno de los primeros cartujos, fue Prior de la Cartuja hacia el 1174, la describió la acedia de la siguiente manera: “Cuando estás solo en tu celda, a menudo eres atrapado por una suerte de inercia, de flojedad de espíritu, de fastidio del corazón, y entonces sientes en ti un disgusto pesado: llevas la carga de ti mismo; aquellas gracias interiores de las que habitualmente usabas gozosamente, no tienen ya para ti ninguna suavidad; la dulzura que ayer y antes de ayer sentías en ti, se ha cambiado ya en grande amargura”.

San Ignacio: “Llamo desolación… [a] oscuridad de alma, turbación de ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor”.  Es decir, es el  tedio de la vida espiritual, así de la vida activa como de la contemplativa, incapacita y nos hace sentir desolados y lo peor es que nos pone pesimista.

Evagrio Póntico, o Evagrio el Monje, (345-399) fue un monje y asceta cristiano. Era muy conocido por sus cualidades de pensador, escritor y orador. El  describía al acedioso diciendo: “La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo. El acedioso aduce como pretexto la visita a los enfermos, cosa que garantiza su propio objetivo. El monje acedioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción…”

4.    EL PECADO DE ACEDIA

El Pecado de la acedia es un vicio especial que se opone al gozo que debería procurar el bien espiritual en cuanto al bien divino. Este gozo es un efecto propio de la caridad; por eso, entristecerse del bien divino es un pecado contra la virtud teologal de la caridad: “entristecerse del bien divino, del cual goza la caridad, pertenece al vicio especial que es llamado acedia”. Este “entristecerse” ha de entenderse como: descontentar, sentir hastío, pereza, aburrimiento, desgana, apatía, displicencia. Propiamente consiste en el fastidio a la virtud cuando ésta no va acompañada de consuelo; antipatía a la “virtud crucificada”. La acedia, en cuanto pecado especial, “produce tristeza del bien interno y divino”, así como “amar este bien lo hace la caridad como virtud específica”. La acedia tiene su raíz en el desorden de la carne y domina cuando domina en el hombre el afecto carnal.

Por tanto la acedia no sólo es un pecado simple, es lo que se llama pecado capital, donde es el principio, cabeza o madre de otros pecados. Los pecados capitales son origen de otros pecados en el género de la causalidad final, pues éste es el único modo de causalidad que entraña una influencia específica de ciertos pecados respecto de otros; las demás influencias causales son muy genéricas: “el pecado capital es aquel del que nacen otros vicios en razón de causa final”. Esto quiere decir que el vicio capital tiene un fin intrínseco para cuya consecución engendra otros pecados; por ejemplo, la avaricia, que tiene como fin la indefinida acumulación de riquezas, engendra el fraude, el dolo, el robo, la dureza del corazón, la inmisericordia (sin estas actitudes difícilmente el avaro podría enriquecerse como apetece). Por eso dice Santo Tomás que “llamamos pecados capitales a aquellos cuyos fines poseen cierto predominio sobre los otros pecados para mover el apetito”.

5.    PECADOS NACIDOS DE LA ACEDIA

¿Cuáles son los pecados que la acedia engendra como vicio capital? Si consideramos que equivale a lo que San Gregorio llama tristeza, debemos admitir con este último seis pecados derivados (“las hijas de la tristeza”): malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia en lo tocante a los mandamientos, divagación de la mente por lo ilícito.

San Isidoro de Sevilla indica, en cambio cuatro derivadas de la tristeza: el rencor, la pusilanimidad, la amargura, la desesperación; y seis de la acidia propiamente dicha: la ociosidad, la somnolencia, la indiscreción de la mente, el desasosiego del cuerpo, la inestabilidad, la verbosidad, la curiosidad.
Santo Tomás conoce las dos primeras enumeraciones y se esfuerza por darles un sentido lógico y armonizarlas tomando como base la de San Gregorio. Parte de lo que dice Aristóteles: “nadie por largo tiempo puede permanecer con tristeza y sin placer”, por lo que, de la tristeza nace necesariamente un doble movimiento: huida de lo que entristece y búsqueda de lo que da placer.

En síntesis, de la acedia se originan los seis pecados siguientes:

Malicia propiamente dicha. El término designa, “indignación y odio contra los mismos bienes espirituales”. Es un punto probablemente no querido ni sospechado por el acidioso, pero en el que lógicamente puede desembocar el resentimiento y animadversión que experimenta (cuando no es combatido) por los bienes espirituales o las personas que con ellos nos relacionan: se empieza por “amar menos”, se sigue por “preferir” otra cosa a los bienes espirituales; puede terminar por odiar aquello que ya desistimos de conseguir o buscar.

Rencor o amargura. Santo Tomás entiende esta expresión como “indignación contra las personas que nos obligan contra nuestra voluntad a los bienes espirituales que nos contristan”. Es decir, los superiores en la vida religiosa, y, para los perezosos en general, los virtuosos. Los primeros porque tienen autoridad para exigirnos el cumplimiento de la virtud. Los segundos porque el virtuoso, como el santo, “acusa” con su virtud eminente la desidia de los flojos.

Pusilanimidad. La acedia engendra la “pusilanimidad y cobardía de corazón para acometer cosas grandes y arduas empresas”. El tedio a la dificultad que comporta la virtud (al menos en los comienzos de la vida austera) engendra miedo al trabajo y a la perseverancia en las buenas obras y consecuentemente el ánimo se achica o se viene abajo.

Desesperación. Ha de entenderse como el natural fastidio y consecuente huida de aquella obra difícil que produce tristeza. El fastidio y el aburrimiento no combatidos (al menos mediante la perseverancia y firmeza en no abandonar la obra comenzada o el deber contraído) pueden terminar en el abandono, en la desesperación de no poder llevar adelante tales obligaciones.

Incumplimiento de los preceptos. Primero voluntariamente (ociosidad y somnolencia voluntarias ante los deberes de estado o simplemente ante los mandamientos divinos), y a la postre como una imposibilidad de obrar el deber fruto de la indiferencia adquirida.

Divagación por las cosas prohibidas (inestabilidad del alma, curiosidad, locuacidad, inquietud corporal, inestabilidad local). Divagar significa “apartarse del asunto que se debe o se está tratando”. Indica aquí el dirigirse hacia lo ilícito como fruto de la deserción de los bienes sobrenaturales. Es un volcarse hacia las creaturas del pecado en general y propio de este pecado en particular.

6.    COMO COMBATIR LA ACEDIA

Finalmente, con el deseo de poner freno a este mal de acedia, hay que reflexionar el modo de cómo sacarla de nuestra vida, para lo cual, hay que dar prioridad a la Palabra de Señor, oírla y orarla, buen remedio para no caer en tentación. “Vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: ¿Cómo es que están dormidos? Levántense y oren para que no caigan en tentación.  (Lucas 22, 45-46)

Un buen consejo nos viene de Santo Tomás: “Cuando pensamos más en los bienes espirituales, más nos agradan, y más de prisa desaparece el tedio que el conocerlos superficialmente provocaba”. Y el mismo en otro lugar: “Cuanto más pensamos en los bienes espirituales, tanto más placenteros se nos vuelven, y con esto cesa la acedia”. Condición fundamental para el amor es que la voluntad perciba como “bien para ella” aquello que debe amar. El verse objeto del amor de Dios enciende nuestro amor por Dios, lo que se puede lograre con la contemplación.

Hacer crecer la caridad hacia Dios y los dones por los que Dios se nos participa: la gracia, los dones del Espíritu Santo, los mandamientos divinos, los consejos evangélicos. Todos los medios para acrecentar la caridad son remedios para vencer la acedia: la vida fraterna, la misericordia, el trato asiduo con la Eucaristía, la oración perseverante, el hábito por la lectura de la Sagrada Escritura, la Lectio Divina, etc.

Pero la mejor arma, es la firmeza del propósito de no dejarse dominar por la acedia, para lo cual es necesario el trabajo perseverante y decidido contra el ocio, lo que se puede hacer por medio de la lectura espiritual, la lectura de los salmos, la oración, dedicarse a las buenas obras y darle importancia y prioridad a la cosas espirituales por sobre las mundanas, algo difícil en esto tiempos, donde somos tentados a diarios por la radio, la televisión, la vida superficial. Se puede perfectamente, hacer una vida cristiana entretenida con la cual se puede combatir el tedio, se puede de buena forma participar de la vida moderna, pero todo ello, siempre atento a la palabra del Señor, para no caer en esta torpe tentación de la somnolencia espiritual.

Recomienda el sabio: “Adquirir sabiduría, cuánto mejor que el oro; adquirir inteligencia es preferible a la plata. El camino de los rectos es apartarse del mal; el que atiende a su camino, guarda su alma…. El que está atento a la palabra encontrará la dicha, el que confía en el Señor será feliz. (Proverbios 16,20)

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

miércoles, 11 de noviembre de 2015

LAS RELIQUIAS

La costumbre cristiana de venerar reliquias tiene a sus espaldas siglos de historia. Con estos objetos muchos bautizados recuerdan a hombres y mujeres de todos los tiempos que han testimoniado, de modo especial, su amor a Cristo y su fidelidad a la fe. En ocasiones, sin embargo, se han producido desviaciones, engaños o excesos que falsean el sentido correcto que tienen las reliquias según la Iglesia.


 Por eso podemos preguntarnos:

¿cuál es la doctrina católica sobre el tema de las reliquias?

Para responder a esta pregunta, vamos a evocar algunos momentos de la historia del uso de las reliquias entre los cristianos, así como documentos importantes de la Iglesia católica que hablan sobre estos objetos de devoción.

Ya en los primeros siglos de la era cristiana fueron redactados testimonios que muestran el respeto hacia restos mortales u objetos de diverso tipo, especialmente de mártires. Cuando el obispo de Esmirna, san Policarpo, sufrió el martirio (siglo II), algunos cristianos recogieron sus huesos y, según un documento de la época, los consideraron más valiosos que el oro o que las piedras preciosas (cf. Martirio de Policarpo, 18).

En otros lugares, y mientras duraban las persecuciones, los cristianos veneraban las tumbas de los mártires, celebraban su memoria, y trataban con respeto sus restos mortales, como auténticas “reliquias” (vestigios, recuerdos) del heroísmo de quienes dieron la propia vida por mantener su fe en Jesucristo salvador.

Cuando terminaron las persecuciones, no sólo se difundió el respeto a las reliquias de los santos, sino que se promovió también la búsqueda de objetos relacionados con Jesucristo y con personajes que convivieron con el Salvador, especialmente la Virgen María y los Apóstoles. A mediados del siglo IV, un escritor afirmaba que en muchos lugares del mundo de entonces (es decir, de los territorios del Imperio romano) había reliquias de la Cruz de Cristo, que habría sido encontrada, según se creía, hacia el año 318.

La veneración de las reliquias en tantos lugares mostraba la existencia de una fe profunda en los bautizados, pero no estuvo exenta de excesos o abusos. Pronto se difundieron ideas equivocadas sobre el carácter milagroso de ciertas reliquias. Algunas personas llegaron a cometer robos, por lo que tuvo que intervenir el mismo emperador Teodosio (hacia finales del siglo IV) para poner orden en este tema. También se hizo necesario prohibir el despedazamiento de los restos mortales de mártires, pues algunos recurrían a este método para obtener más reliquias.

A nivel doctrinal, hubo entre Santos Padres quienes denunciaron la existencia de abusos, y defendieron la necesidad de un uso correcto de estos objetos para la veneración de los fieles.

Por ejemplo, san Jerónimo afirmaba claramente que no adoramos las reliquias de los mártires, sino que a través de ellas adoramos a Aquel (Dios) por quien fueron mártires (cf. “Ad Riparium”, I, P.L., XXII, 907). San Agustín, por su parte, en diversos momentos de su obra “La ciudad de Dios”, presenta más bien los aspectos positivos de la veneración de las reliquias, al describir el uso que los cristianos hacían de ellas y los beneficios obtenidos de Dios gracias a las oraciones en las que se pedía la intercesión de los santos.

Con el pasar de los siglos y con la llegada del cristianismo a nuevos pueblos de Europa, la difusión de las reliquias se hizo casi general. No faltaron, por desgracia, quienes con engaño y fraude aprovecharon la buena fe de cristianos ingenuos para hacer pasar por reliquias lo que eran objetos normales (no relacionados con mártires o santos). Otras veces el entusiasmo general llegaba a declarar como reliquias de mártires huesos encontrados cerca de alguna iglesia, sin que hubiese un mayor discernimiento crítico al respecto. En algunos lugares hubo una especie de “tráfico” de reliquias motivado por el deseo de venerar restos mortales de los campeones de la fe.

En este contexto se va desarrollando y completando, a lo largo de muchos siglos, la doctrina católica sobre el uso y veneración de las reliquias. Veamos ahora algunos textos del Magisterio sobre el tema.

Podemos recordar un importante texto del Concilio II de Nicea (del año 787), en el que, al hablar sobre las imágenes sagradas y otros objetos de culto, se condenó la postura de quienes despreciaban tradiciones de la Iglesia y rechazaban “alguna de las cosas consagradas a la Iglesia: el Evangelio, o la figura de la cruz, o la pintura de una imagen, o una santa reliquia de un mártir” (cf. Denzinger-Hünermann n. 603).

Dos siglos después, el año 993, el Papa Juan XV escribía en una encíclica dirigida a los obispo de Francia y Alemania: “de tal manera adoramos y veneramos las reliquias de los mártires y confesores, que adoramos a Aquél de quien son mártires y confesores; honramos a los siervos para que el honor redunde en el Señor” (cf. Denzinger-Hünermann n. 675). El texto puede provocar sorpresa, pues se habla de adorar y venerar las reliquias, pero el sentido parece claro: no se trata de ver las reliquias como objetos divinos, sino como medios para reconocer y adorar a Dios, que es la causa de la santidad (del martirio y de la confesión) de hombres y mujeres cuyos recuerdos son venerados por los fieles.
La difusión y traslado de reliquias tuvo un nuevo auge tras las cruzadas, especialmente a inicios del siglo XIII. No era raro que algunos cruzados europeos fuesen fácilmente engañados por personas de Tierra Santa que vendían como reliquias objetos cuyo valor era dudoso o claramente falso.

En este contexto intervino el Concilio IV de Letrán (en el año 1215), que publicó un texto severo contra ciertos abusos respecto del uso de reliquias. En el canon 62 de este Concilio leemos:

 “La religión cristiana es demasiado a menudo denigrada porque algunos exponen reliquias de santos para venderlas o para mostrarlas a cada paso. Para que eso no se produzca más en el futuro, establecemos por el presente decreto que las reliquias antiguas no sean más expuestas fuera del relicario ni mostradas para ser vendidas. En cuanto a las nuevamente encontradas, nadie ose venerarlas públicamente, si no hubieren sido antes aprobadas por autoridad del Romano Pontífice. Además, los rectores de las iglesias vigilarán en el futuro para que la gente que va a sus iglesias para venerar las reliquias no sea engañada con discursos inventados o falsos documentos, como se suele hacer en muchísimos lugares por afán de lucro” (cf. Denzinger-Hünermann n. 818).

Avancemos a lo largo del tiempo. A causa de la Reforma protestante (siglo XVI) y de las consecuencias producidas por la misma, el Concilio de Trento trató en la sesión XXV (el año 1563) el tema de las reliquias, así como el de las imágenes sagradas. Para ello, aprobó un importante decreto, que iniciaba con estas palabras:

 “Manda el santo Concilio a todos los Obispos, y demás personas que tienen el cargo y obligación de enseñar, que instruyan con exactitud a los fieles ante todas cosas, sobre la intercesión e invocación de los santos, honor de las reliquias, y uso legítimo de las imágenes, según la costumbre de la Iglesia Católica y Apostólica, recibida desde los tiempos primitivos de la religión cristiana, y según el consentimiento de los santos Padres, y los decretos de los sagrados concilios; enseñándoles que los santos que reinan juntamente con Cristo, ruegan a Dios por los hombres; que es bueno y útil invocarlos humildemente, y recurrir a sus oraciones, intercesión, y auxilio para alcanzar de Dios los beneficios por Jesucristo su Hijo, nuestro Señor, que es sólo nuestro redentor y salvador; y que piensan impíamente los que niegan que se deben invocar a los santos que gozan en el cielo de eterna felicidad; o los que afirman que los santos no ruegan por los hombres; o que es idolatría invocarlos, para que rueguen por nosotros, aun por cada uno en particular; o que repugna a la palabra de Dios, y se opone al honor de Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres; o que es necedad suplicar verbal o mentalmente a los que reinan en el cielo”.

Desde sus primeras líneas, el decreto del Concilio de Trento pide a los obispos que enseñen a los católicos la sana doctrina sobre el modo de rezar e invocar a los santos, y coloca en ese contexto el tema de las reliquias. Recuerda, además, que los santos reinan con Cristo e interceden por los hombres, y que al invocar a los santos se pide alcanzar de Dios “los beneficios por Jesucristo su Hijo, nuestro Señor, que es sólo nuestro redentor y salvador”. Este punto es importante, pues las reliquias, que sirven para recordar a los santos, no son objetos mágicos, sino que se relacionan directamente con los santos en cuanto intercesores. Al mismo tiempo, el texto apenas citado recuerda que sólo Jesucristo es Salvador, no los santos ni sus reliquias.

El siguiente párrafo del decreto aplica lo anterior al tema de las reliquias de modo más explícito:

 “Instruyan también a los fieles en que deben venerar los santos cuerpos de los santos mártires, y de otros que viven con Cristo, que fueron miembros vivos del mismo Cristo, y templos del Espíritu Santo, por quien han de resucitar a la vida eterna para ser glorificados, y por los cuales concede Dios muchos beneficios a los hombres; de suerte que deben ser absolutamente condenados, como antiquísimamente los condenó, y ahora también los condena la Iglesia, los que afirman que no se deben honrar, ni venerar las reliquias de los santos; o que es en vano la adoración que estas y otros monumentos sagrados reciben de los fieles; y que son inútiles las frecuentes visitas a las capillas dedicadas a los santos con el fin de alcanzar su socorro”.

De esta manera, el Concilio de Trento confirmaba la doctrina católica secular: es correcto venerar los cuerpos de los mártires y de los santos, así como las reliquias en general, por lo que incurren en error quienes niegan la validez de esta costumbre antiquísima.
El decreto sigue con indicaciones sobre las imágenes religiosas que no recogemos aquí. Después de exponer la doctrina, el Concilio de Trento pasa a pedir, en sus últimas líneas, que se extirpen abusos y errores referentes a los santos, a las reliquias y a las imágenes. Leemos estos momentos conclusivos del texto:

 “Destiérrese absolutamente toda superstición en la invocación de los santos, en la veneración de las reliquias, y en el sagrado uso de las imágenes; ahuyéntese toda ganancia sórdida; evítese en fin toda torpeza; de manera que no se pinten ni adornen las imágenes con hermosura escandalosa; ni abusen tampoco los hombres de las fiestas de los santos, ni de la visita de las reliquias, para tener convitonas, ni embriagueces: como si el lujo y lascivia fuese el culto con que deban celebrar los días de fiesta en honor de los santos. Finalmente pongan los Obispos tanto cuidado y diligencia en este punto, que nada se vea desordenado, o puesto fuera de su lugar, y tumultuariamente, nada profano y nada deshonesto; pues es tan propia de la casa de Dios la santidad. Y para que se cumplan con mayor exactitud estas determinaciones, establece el santo Concilio que a nadie sea lícito poner, ni procurar se ponga ninguna imagen desusada y nueva en lugar ninguno, ni iglesia, aunque sea de cualquier modo exenta, a no tener la aprobación del Obispo. Tampoco se han de admitir nuevos milagros, ni adoptar nuevas reliquias, a no reconocerlas y aprobarlas el mismo Obispo. Y éste, luego que se certifique en algún punto perteneciente a ellas, consulte algunos teólogos y otras personas piadosas, y haga lo que juzgare convenir a la verdad y piedad. En caso de deberse extirpar algún abuso, que sea dudoso o de difícil resolución, o absolutamente ocurra alguna grave dificultad sobre estas materias, aguarde el Obispo antes de resolver la controversia, la sentencia del Metropolitano y de los Obispos comprovinciales en concilio provincial; de suerte no obstante que no se decrete ninguna cosa nueva o no usada en la Iglesia hasta el presente, sin consultar al Romano Pontífice”.
Algunos años después del Concilio de Trento, el Papa Clemente VIII instituyó una Congregación para las indulgencias (en el año 1593). Un siglo después, el Papa Clemente IX (1667-1669) remodeló las atribuciones de esa congregación, que se convirtió en la Sagrada Congregación de las Indulgencias y de las Reliquias. Sus funciones eran: examinar y disciplinar el uso de indulgencias y de reliquias en la Iglesia católica, evaluar cuáles eran auténticas, y evitar abusos en el empleo de objetos relacionados con la vida de Cristo y con los santos. Esta Congregación estuvo en funciones hasta 1917, año en el que el Papa Benedicto XV la agregó de modo definitivo a la Penitenciaría apostólica.
Dando un salto en el tiempo, a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX hubo otras intervenciones importantes del Magisterio de la Iglesia sobre el tema de las reliquias. En concreto, podemos recordar al Papa san Pío X en su encíclica “Pascendi” (1907). En ella, el Papa deplorabla el desprecio de algunos hacia las reliquias, y ofrecía una serie de indicaciones concretas:

 “Acerca de las sagradas reliquias, obsérvese lo siguiente: si los obispos, a quienes únicamente compete esta facultad, supieren de cierto que alguna reliquia es supuesta, retírenla del culto de los fieles. Si las «auténticas» de alguna reliquia hubiesen perecido, ya por las revoluciones civiles, ya por cualquier otro caso fortuito, no se proponga a la pública veneración sino después de haber sido convenientemente reconocida por el obispo. El argumento de la prescripción o de la presunción fundada sólo valdrá cuando el culto tenga la recomendación de la antigüedad, conforme a lo decretado en 1896 por la Sagrada Congregación de Indulgencias y Sagradas Reliquias, al siguiente tenor: «Las reliquias antiguas deben conservarse en la veneración que han tenido hasta ahora, a no ser que, en algún caso particular, haya argumento cierto de ser falsas o supuestas»“ (Pascendi n. 55).
De un modo breve y sintético, el Concilio Vaticano II recogió la doctrina católica sobre las reliquias en la Constitución sobre la liturgia “Sacrosanctum Concilium”:

 “De acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas. Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles” (Sacrosanctum Concilium n. 111).

Tras el Vaticano II, y después de un largo proceso de revisión, el Papa Juan Pablo II promulgó el año 1983 un nuevo “Código de Derecho Canónico”. En el mismo hay una sección dedicada al “culto de los santos, de las imágenes sagradas y de las reliquias”, que recoge los cánones 1186-1190. Tras ofrecer algunas normas sobre el culto de los santos y sobre las imágenes, el canon 1190 habla explícitamente de las reliquias:

 “Canon 1190: #1. Está terminantemente prohibido vender reliquias sagradas.
# 2. Las reliquias insignes, así como aquellas otras que son honradas con gran veneración por el pueblo, no pueden en modo alguno enajenarse válidamente o ser trasladadas a perpetuidad sin licencia de la Sede Apostólica.

# 3. Lo prescrito en el # 2, vale también para aquellas imágenes que, en una iglesia, son honradas con gran veneración por el pueblo”.

Hay otro canon que alude a las reliquias, dentro del capítulo dedicado a los altares. En concreto, se recuerda que “debe observarse la antigua tradición de colocar bajo el altar fijo reliquias de los Mártires o de otros Santos, según las normas establecidas en los libros litúrgicos” (canon 1237, # 2).

De los últimos años, podemos evocar dos documentos de importancia que hablan sobre este tema. En primer lugar, el “Catecismo de la Iglesia Católica” (del año 1993), que alude brevemente a las reliquias al referirse a las diversas formas de devoción popular. En concreto, afirma lo siguiente:

 “Además de la liturgia sacramental y de los sacramentales, la catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de religiosidad popular. El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc.” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1674).

En el número siguiente el Catecismo explica que la religiosidad popular está en relación con la liturgia de la Iglesia, pero sin sustituirla. En el n. 1676, más elaborado, se recuerda la necesidad de “un discernimiento pastoral para sostener y apoyar la religiosidad popular y, llegado el caso, para purificar y rectificar el sentido religioso que subyace en estas devociones y para hacerlas progresar en el conocimiento del Misterio de Cristo (cf. Catechesi tradendae n. 54). Su ejercicio está sometido al cuidado y al juicio de los obispos y a las normas generales de la Iglesia (cf. Catechesi tradendae 54)”. Luego se dan a entender aspectos positivos de esta religiosidad popular, que tanto valor tiene para promover la relación entre lo humano y lo divino.

El segundo documento fue publicado el año 2002 (tras la aprobación del Papa Juan Pablo II el año anterior) por la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, con el título “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones”. En este Directorio se ofrece un marco histórico, magisterial y teológico para comprender las diversas formas de devoción popular, entre las que se encuentra la veneración a las reliquias. Al mismo tiempo, se ofrecen orientaciones que sirven para armonizar, según lo que había sido pedido en el Concilio Vaticano II, la piedad popular y la liturgia.

El Directorio trata el tema de las reliquias sobre todo en dos números (236 y 237). En ellos encontramos, en primer lugar, una descripción o presentación de lo que son las reliquias y de los tipos o clases de las mismas:

 “236. El Concilio Vaticano II recuerda que «de acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas». La expresión «reliquias de los Santos» indica ante todo el cuerpo - o partes notables del mismo - de aquellos que, viviendo ya en la patria celestial, fueron en esta tierra, por la santidad heroica de su vida, miembros insignes del Cuerpo místico de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo (cf. 1Cor 3,16; 6,19; 2Cor 6,16). En segundo lugar, objetos que pertenecieron a los Santos: utensilios, vestidos, manuscritos y objetos que han estado en contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros, como estampas, telas de lino, y también imágenes veneradas”.

En un segundo momento, según lo que ya vimos al recordar el “Código de Derecho Canónico”, el Directorio alude al tema del uso de las reliquias en los altares. En concreto, afirma:

 “237. El Misal Romano, renovado, confirma la validez del «uso de colocar bajo el altar, que se va a dedicar, las reliquias de los Santos, aunque no sean mártires». Puestas bajo el altar, las reliquias indican que el sacrificio de los miembros tiene su origen y sentido en el sacrificio de la Cabeza, y son una expresión simbólica de la comunión en el único sacrificio de Cristo de toda la Iglesia, llamada a dar testimonio, incluso con su sangre, de la propia fidelidad a su esposo y Señor”.

El mismo n. 237 del Directorio ofrece una serie de indicaciones concretas para una pastoral que ayude a los católicos a hacer un buen uso de las reliquias:
 “A esta expresión cultual, eminentemente litúrgica, se unen otras muchas de índole popular. A los fieles les gustan las reliquias. Pero una pastoral correcta sobre la veneración que se les debe, no descuidará:

-asegurar su autenticidad; en el caso que ésta sea dudosa, las reliquias, con la debida prudencia, se deberán retirar de la veneración de los fieles;
-impedir el excesivo fraccionamiento de las reliquias, que no se corresponde con el respeto debido al cuerpo; las normas litúrgicas advierten que las reliquias deben ser de «un tamaño tal que se puedan reconocer como partes del cuerpo humano»;
-advertir a los fieles para que no caigan en la manía de coleccionar reliquias; esto en el pasado ha tenido consecuencias lamentables;
-vigilar para que se evite todo fraude, forma de comercio y degeneración supersticiosa.

Las diversas formas de devoción popular a las reliquias de los Santos, como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición impartida con las mismas, sacarlas en procesión, sin excluir la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben realizar con gran dignidad y por un auténtico impulso de fe. En cualquier caso, se evitará exponer las reliquias de los Santos sobre la mesa del altar: ésta se reserva al Cuerpo y Sangre del Rey de los mártires”.

Estas indicaciones del Directorio ofrecen una buena síntesis de la doctrina católica sobre las reliquias, que, como hemos visto, han sido veneradas desde antiguo y han sido apreciadas positivamente por el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Podemos decir, en resumen, que, sin dejar de avisar sobre peligros, deformaciones o usos indebidos de las reliquias, la doctrina católica considera las partes de los cuerpos de los santos u otros objetos relacionados directamente con ellos, como una ayuda para entrar en contacto con Dios a través de hombres y mujeres que se dejaron transformar por la gracia y alcanzaron así el don de la salvación en Cristo. Esos hombres y mujeres son ahora intercesores, se unen a la oración de Cristo al Padre en favor de sus hermanos.

Este es el sentido correcto del uso y veneración de las reliquias, que ayudan al corazón cristiano para renovar su fe, y que permiten así una mejor comprensión del Evangelio y una participación más consciente y madura en los sacramentos, en los que no sólo recordamos (como al hacer uso de las reliquias) la acción salvadora de Cristo, sino que la acogemos como fue acogida, a veces de modo heroico, por tantos miles y miles de santos de todos los tiempos.

P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net 

martes, 10 de noviembre de 2015

La palabra misericordia tiene su origen en dos palabras del latín: miserere, que significa tener compasión, y cor, que significa corazón. Ser misericordioso es tener un corazón compasivo. La misericordia, junto con el gozo y la paz, son efectos del perdón; es decir, del amor.

Un palpable ejemplo de este tipo de amor misericordioso es el de Dios que siempre está dispuesto a cancelar toda deuda, a olvidar a renovar. Para educarnos en el perdón debemos constantemente recordarlo.

Los católicos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han quedado condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en muchas otras ocasiones, los contenidos más importantes de nuestra fe cristiana. Podríamos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo también una especie de frase oculta, compuesta por cinco palabras: “Creo en la misericordia divina”. No se trata aquí de añadir una nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar aún más la centralidad del perdón de Dios, de la misericordia divina, como parte de nuestra fe.

Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (1Jn 4,8 y 4,16). Por amor creó el universo; por amor suscitó la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite soñar y reír, suspirar y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.
El amor, sin embargo, tropezó con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetró en el mundo y que fue acompañado por el drama de la muerte (Rm 5,12). Desde entonces, la historia humana quedó herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones, abusos de niños y esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotación de los obreros y asesinatos masivos por motivos raciales o ideológicos.

Una historia teñida de sangre, de pecado. Una historia que también es (mejor, que es sobre todo) el campo de la acción de un Dios que es capaz de superar el mal con la misericordia, el pecado con el perdón, la caída con la gracia, el fango con la limpieza, la sangre con el vino de bodas.

Sólo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el corazón manchados por infinitas miserias, simplemente porque ama, porque su amor es más fuerte que el pecado.

Dios eligió por amor a un pueblo, Israel, como señal de su deseo de salvación universal, movido por una misericordia infinita. Envió profetas y señales de esperanza. Repitió una y otra vez que la misericordia era más fuerte que el pecado. Permitió que en la Cruz de Cristo el mal fuese derrotado, que fuese devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las misericordias.

Descubrimos así que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos. “Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le temen; tan lejos como está el oriente del ocaso aleja Él de nosotros nuestras rebeldías” (Sal 103,11-12).

La experiencia del perdón levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mesón. Como enseñaban los Santos Padres, Jesús es el buen samaritano que toma sobre sí a la humanidad entera; que me recoge a mí, cuando estoy tirado en el camino, herido por mis faltas, para curarme, para traerme a casa.

Enseñar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dejó el Papa Juan Pablo II. Especialmente en la encíclica “Dives in misericordia” (Dios rico en misericordia), donde explicó la relación que existe entre el pecado y la grandeza del perdón divino: “Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que ´Dios amó tanto... que le dio su Hijo unigénito´, Dios, que ´es amor´, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal” (Dives in misericordia n. 13).

Además, Juan Pablo II quiso divulgar la devoción a la divina misericordia que fue manifestada a santa Faustina Kowalska. Una devoción que está completamente orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo. Reconocer ese amor, reconocer esa misericordia, abre el paso al cambio más profundo de cualquier corazón humano, al arrepentimiento sincero, a la confianza en ese Dios que vence el mal (siempre limitado y contingente) con la fuerza del bien y del amor omnipotente.

Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro lado y nos purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: “Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados” (Is 43,25). Creo en el Dios que dijo en la cruz “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), y que celebra un banquete infinito cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (Lc 15). Creo en el Dios que, a pesar de la dureza de los hombres, a pesar de los errores de algunos bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su perdón, levanta a los caídos, perdona los pecados.
Creo en la misericordia divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (Sal 106,1), porque nos ha regenerado y salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos (1Jn 3,1).

A ese Dios misericordioso le digo, desde lo más profundo de mi corazón, que sea siempre alabado y bendecido, que camine siempre a nuestro lado, que venza con su amor nuestro pecado. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento” (1Pe 1,3-5).

¿Dónde encontrarnos con la misericordia de Dios?

El padre Eugenio Lira Rugarcía en su libro ¡Venga a mí! La Divina Misericordia nos recuerda cinco medios para experimentar a este Dios rico en misericordia.

1- MEDITACIÓN ORANTE DE LA PALABRA DE DIOS

 “Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo”. 59 De ahí que el Magisterio de la Iglesia nos recomiende la lectura asidua de la Palabra de Dios ,60 ya que en ella Dios conversa con nosotros 61 Por eso el Salmista proclama: Antorcha para mis pies es tu Palabra, luz en mi sendero (Sal 119,105).

Si, por nuestro bien debemos conocerla, meditarla, vivirla y anunciarla, a la luz de la Tradición de la Iglesia y del Magisterio: “Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó sobre roca (Mt 7, 24). Consciente de esto, aún en medio de su locura, don Quijote afirmaba de las letras divinas: “tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le puede igualar”. 

Sin embargo, hay quienes no le dan importancia; y mezclando la fe con supersticiones, dejan que cualquier libro o película les confunda y les arrebate esa preciosa semilla. Otros se entusiasman de momento, pero al no ser constantes están débiles, y cuando les llega un problema, lo dejan todo. En cambio, quienes reciben la Palabra de Dios, y confiando en su eficacia la meditan con la guía de la Iglesia y la alimentan con los Sacramentos y la oración, dan tal fruto, que son capaces de resistir la adversidad, sabiendo que los sufrimientos de esta vida no se comparan con la felicidad que nos espera.

2- CELEBRACIÓN DE LA LITURGIA

En la Liturgia está presente Cristo ,65 quien uniéndonos por el Bautismo a su Cuerpo, que es la Iglesia, nos permite ofrecerlo y ofrecernos juntamente con Él, para participar, con la fuerza del Espíritu Santo, en su alabanza y adoración al Padre, fortaleciéndonos en la unidad, y llenándonos del poder transformador de Dios para ser signo e instrumento de salvación para toda la humanidad, participando también de lo que será la Liturgia celestial.66 De entre los miembros de este Cuerpo, el Señor llama a algunos para que, a través del sacramento del Orden sacerdotal representen a Cristo como Cabeza del Cuerpo, anunciando la Palabra de Dios, guiando a la comunidad, y presidiendo la liturgia, especialmente los sacramentos, entre los que destaca la Eucaristía, donde Él se nos entrega para comunicarnos todo el poder salvífico de su pasión, muerte y resurrección, por el que nos une a la Santísima Trinidad y a toda la Iglesia; con la Virgen María y los santos, con el Papa, con el propio Obispo, con todo el clero y con el pueblo de Dios entero, dándonos la esperanza de alcanzar la vida eterna y resucitar con Él el último día, fortaleciéndonos así para vivir el amor y ser constructores de unidad en nuestra familia y en nuestros ambientes, siendo solidarios particularmente con que más nos necesitan.

3- LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE MISERICORDIA

Esto es mi cuerpo.. esta es mi sangre (Mt 26, 26-28). El que come Mi carne y bebe Mi sangre, tiene vida eterna (Jn 6, 54). Por eso, el propio Jesús exhortaba a santa Faustina: No dejes la Santa Comunión, a no ser que sepas bien de haber caído gravemente... Debes saber que Me entristeces mucho, cuando no Me recibes en la Santa Comunión .68 Mi gran deleite es unirme con las almas. Has de saber, hija Mía, que cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas al alma.

En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, en Abitina, 49 cristianos fueron arrestados un domingo mientras celebraban la Eucaristía. Cuando el procónsul les preguntó por qué habían desobedecido la prohibición del emperador, sabiendo que el castigo sería la muerte, uno de ellos respondió: “sin la Eucaristía dominical no podemos vivir”. Los cristianos de hoy, el Papa Benedicto XVI nos ha dicho: “Participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad... es una alegría”. En ella podemos encontrar “la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana”

Procuremos comulgar con frecuencia, participando siempre en la Misa Dominical. Dediquemos también algunos momentos a visitar al Santísimo Sacramento . “Es hermoso estar con Él –decía Juan Pablo II- y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón”. Y si tenemos conciencia de estar en pecado grave, recordemos que antes de Comulgar debemos primero recibir el sacramento de la Reconciliación .

4- LA CONFESIÓN: EXPERIENCIA DE MISERICORDIA

No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno sólo (Mt 18, 14). El pecado nos degrada, nos aleja de Dios y de los hermanos, y nos arrebata la vida. Pero Dios, que nos sigue amando, nos busca y nos ofrece en el Sacramento de la Penitencia el perdón que nos reconcilia con Él y con la Iglesia . “Como se deduce de la parábola del hijo pródigo, la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya” . Y “todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en el presente”.

Esto, gracias a que la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus apóstoles y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20, 22-23). 78. Por eso, San Pablo afirma: “Dios nos ha confiado el misterio de la reconciliación... y la palabra de reconciliación” (2 Cor 5, 18 s.). En el Sacramento de la Penitencia, el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo, a través de sus sacerdotes que son presencia y prolongación de Jesús Buen Pastor, corre hacia nosotros para abrazarnos y colmarnos de su amor, y la Iglesia se alegra por la vuelta de aquél hermano que estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado (Lc 15, 32).

Jesús es el cordero de Dios que, con su sacrificio, quita el pecado del Mundo (Cfr. Jn 1, 29. Por eso, Él, que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar (Cfr. Jn 3, 16), nos invita a acercarnos con confianza a la confesión, donde por su voluntad, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa “in persona Christi”. Así se lo comentó a Santa Faustina: El sacerdote, cuando Me sustituye, no es él quien obra, sino Yo a través de él ;79 Como tú te comportarás con el confesor, así Yo Me comportaré contigo .

5- LA ORACIÓN

Una persona subió con entusiasmo a un pequeño barco, con el deseo de aventurarse en el mar. Al zarpar, con emoción sintió la brisa y admiró la inmensidad y la belleza del océano. Pero después, a causa del movimiento, experimentó un terrible mareo. Entonces, el capitán le dijo: “si no quiere sentirse mal, mire hacia arriba”. ¡Qué buen consejo para quienes surcamos el gran mar de la vida!: miremos hacia arriba, para no marearnos, ni con los bienes del mundo, ni con las crisis y problemas. Y mirar hacia arriba es hacer oración, escuchando a Jesús que nos dice: Permaneced en mí, como yo en vosotros (Jn 15,4).

 “Para mí, -escribe Santa Teresa del Niño Jesús- la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto en la prueba como en la alegría” . Necesitamos orar para pedir ayuda, dar gracias, alabar, adorar, contemplar, y escuchar a Dios, abriéndole el corazón a Él y al prójimo . ¡En la oración, es Dios quien nos busca para saciar nuestra sed de una vida plena y eternamente feliz! . De ahí que Santa Teresa de Ávila diga: “Si alguien no ha empezado a hacer oración...yo le ruego por amor de Dios, que no deje de hacer esto que le va a traer tantos bienes espirituales. En hacerla no hay ningún mal que temer y si mucho bien que esperar”.

Habla con tu Dios que es el Amor y la Misericordia Misma , exhortó el Señor a Santa Faustina. Pero ¿cómo orar?; con humildad ,confianza y perseverancia . Pidan y se les dará, ha prometido Jesús. Sin embargo, quizá alguno diga: “Muchas veces he pedido y no he recibido. Orar no sirve para nada”. Pero seguramente lo que le sucede es aquello que Santa Teresa describe así: “Algunos quisieran tener aquí en la tierra todo lo que desean y luego en el cielo que no les faltase nada. Eso me parece andar a paso de gallina, escarbando entre el basurero” . ¡No perdamos el tiempo, ni entorpezcamos nuestro camino!; creer en Dios es fiarse de Él, sabiendo que nos da lo que más nos conviene, no para una alegría pasajera, sino para nuestra felicidad plena y eterna.



Cuestionario práctico 

1. ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Es algo que ya doy por supuesto o es una presencia viva y que guía todas mis acciones?

2. ¿Soy sencillo en mis relaciones con Dios? ¿Creo que él me puede transformar con su gracia? ¿Creo que Dios está conmigo en los momentos difíciles, aunque no lo sienta sensiblemente?

3. ¿Me esfuerzo por conocer más a Cristo a través de los Evangelios y de la frecuente recepción de los sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía?

4. ¿Puedo decir que de verdad amo a Cristo, Señor de la misericordia? ¿Cómo es mi amor por él: de sentimiento, superficial, de fe y voluntad, de palabras o de obras?

5. ¿Cuándo juzgo a las personas y los acontecimientos de mi vida tengo como referencia el ejemplo de Cristo y sus palabras del evangelio?

6. ¿Qué es para mí el sacramento de la penitencia o confesión? ¿Una obligación molesta? ¿Un medio para tranquilizar momentáneamente mi conciencia? ¿Una magnífica oportunidad para encontrarme con Cristo y sentir su misericordia infinita? ¿Un camino para reconciliarme con Dios y recibir su perdón?