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jueves, 12 de noviembre de 2015

LA ACEDIA

1.    LA ACEDIA ES LA FLOJERA O LA PEREZA EN EL PLANO ESPIRITUAL Y RELIGIOSO

En pocas palabras, la acedia es la flojera o la pereza en el plano espiritual y religioso. Oímos la Palabra del Señor, no obstante nos da cansancio cumplirla. Esta acedia, algunas veces se acompaña de una cierta tristeza, que nos confunde y nos pone lento para los ejercicios que necesita el espíritu y por general, culpamos a la fatiga corporal. En todo caso, no deja de ser negligencia y en muchos casos indolencia, por tanto nos aleja de la virtud de la  caridad con nuestros hermanos, a quienes les dejamos de lado por la acedia.

En efecto, la acedia, no hace sentir un negativo malestar con las cosas que nos exige la fe, en otras palabras, un cierto disgusto de las cosas espirituales, lo que nos motiva a ser negligentes e irresponsable con nuestra profesión de fe, queremos abreviar todo,  y nos hace buscar motivos insignificante para no cumplir con lo que sabemos es necesario para seguir los caminos de los consejos evangélicos. El que está dominado por la acedía, siempre tiene un motivo para no participar de una actividad religiosa, lo peor, es que busca a través del engaño, compasión por sus dificultades.

Es así como podemos definir la acedia como tedio, aburrimiento, fastidio, tristeza, flojera, pereza espiritual, ansiedad del corazón y del espíritu del que la padece y que le provoca esa modorra que lo vence antes las obligaciones como hombre de fe, de orar, ir asistir a Misa, atender a un hermano necesitado, atender su compromiso de comunidad, etc.

Pero también, la acedia, es parte de esa falsa humildad en el sentido de que nos sentimos desmoralizados y por tanto no hacemos nada por confiar en la providencia, porque eso implica paciencia y esperanza y nos da mucha pereza tener que esperar por la ayuda de Dios. Por tanto, la acedia nos puede llevar a la decisión espiritual que se puede transformar en una auténtica huida de Dios, con la disculpa que lo único que deseamos es paz, que nos dejen en paz, pero solo por la flojera de los  deberes que debemos cumplir ante Dios y no queremos hacer nada. Si es así, por la acedia postergamos nuestro camino de santidad o derechamente no vamos hacia el camino de perfección.

2.    LO QUE DICE NUESTRA IGLESIA Y EL CATECISMO SOBRE LA ACEDIA

Del Catecismo: “Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La  tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas”. (CIC 2094). En síntesis, es un pecado contra el amor de Dios y, por ende, contra el Primer Mandamiento.

Del Catecismo se pueden desprender la existencia de muchas faltas que cometemos como consecuencia de la acedia, porque este mal, es parte de la indiferencia, la ingratitud, la tibieza, la pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe, la esperanza y la caridad. Este relajamiento, no hace descuidar aspecto tan solicitados por el Señor como es la oración y la vigilancia de no caer en tentaciones. Y todos, por muy cercanos que nos sintamos del Señor, podemos caer en este mal. Como lo relata el Evangelio de Mateo cuando Jesús invita a tres de sus amigos a una propiedad llamada Getsemaní, y les dice: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo” y luego viene donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil. Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Volvió otra vez y los encontró dormidos”  (Mateo  26, 36-43)

Otro ejemplo claro sobre la acedia, lo encontramos en Mateo: “Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.” Y él respondió: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?  (Mateo, 21-28-31)

3.    LA ACEDIA EN OPINIÓN DE LOS SANTOS Y ERUDITOS EN EL TEMA

San Juan Damasceno definió la acedia como “una especie de tristeza deprimente”; Santo Tomás la describe como “tristeza mundana” San Gregorio Magno la denomina como la apatía en torno a los preceptos. Santo Tomás afirma que siempre es algo malo; ya sea por sí misma o por sus efectos. Es mala en sí misma cuando la tristeza es causada por un bien verdadero, pues el bien espiritual sólo debería alegrar. Es mala en sus efectos, cuando la tristeza es causada por algo que verdaderamente es un mal (y por tanto, tendría razón de entristecer) pero entristece al punto de abatir el ánimo y alejar de toda obra buena. En este sentido San Pablo, hablando del pecador, dice a los corintios: “por lo que es mejor, por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en una excesiva tristeza” (2 Corintios 2,7)

Santo Tomás de Aquino define también la acedia como tristeza del bien espiritual; indicando que su efecto propio es el quitar el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón de las cosas espirituales que prueban a veces los fieles e incluso las personas adentradas en los caminos de la perfección; es una flaccidez que los empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual, a causa de la dificultad de esta vida.

Guigues II, uno de los primeros cartujos, fue Prior de la Cartuja hacia el 1174, la describió la acedia de la siguiente manera: “Cuando estás solo en tu celda, a menudo eres atrapado por una suerte de inercia, de flojedad de espíritu, de fastidio del corazón, y entonces sientes en ti un disgusto pesado: llevas la carga de ti mismo; aquellas gracias interiores de las que habitualmente usabas gozosamente, no tienen ya para ti ninguna suavidad; la dulzura que ayer y antes de ayer sentías en ti, se ha cambiado ya en grande amargura”.

San Ignacio: “Llamo desolación… [a] oscuridad de alma, turbación de ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor”.  Es decir, es el  tedio de la vida espiritual, así de la vida activa como de la contemplativa, incapacita y nos hace sentir desolados y lo peor es que nos pone pesimista.

Evagrio Póntico, o Evagrio el Monje, (345-399) fue un monje y asceta cristiano. Era muy conocido por sus cualidades de pensador, escritor y orador. El  describía al acedioso diciendo: “La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo. El acedioso aduce como pretexto la visita a los enfermos, cosa que garantiza su propio objetivo. El monje acedioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción…”

4.    EL PECADO DE ACEDIA

El Pecado de la acedia es un vicio especial que se opone al gozo que debería procurar el bien espiritual en cuanto al bien divino. Este gozo es un efecto propio de la caridad; por eso, entristecerse del bien divino es un pecado contra la virtud teologal de la caridad: “entristecerse del bien divino, del cual goza la caridad, pertenece al vicio especial que es llamado acedia”. Este “entristecerse” ha de entenderse como: descontentar, sentir hastío, pereza, aburrimiento, desgana, apatía, displicencia. Propiamente consiste en el fastidio a la virtud cuando ésta no va acompañada de consuelo; antipatía a la “virtud crucificada”. La acedia, en cuanto pecado especial, “produce tristeza del bien interno y divino”, así como “amar este bien lo hace la caridad como virtud específica”. La acedia tiene su raíz en el desorden de la carne y domina cuando domina en el hombre el afecto carnal.

Por tanto la acedia no sólo es un pecado simple, es lo que se llama pecado capital, donde es el principio, cabeza o madre de otros pecados. Los pecados capitales son origen de otros pecados en el género de la causalidad final, pues éste es el único modo de causalidad que entraña una influencia específica de ciertos pecados respecto de otros; las demás influencias causales son muy genéricas: “el pecado capital es aquel del que nacen otros vicios en razón de causa final”. Esto quiere decir que el vicio capital tiene un fin intrínseco para cuya consecución engendra otros pecados; por ejemplo, la avaricia, que tiene como fin la indefinida acumulación de riquezas, engendra el fraude, el dolo, el robo, la dureza del corazón, la inmisericordia (sin estas actitudes difícilmente el avaro podría enriquecerse como apetece). Por eso dice Santo Tomás que “llamamos pecados capitales a aquellos cuyos fines poseen cierto predominio sobre los otros pecados para mover el apetito”.

5.    PECADOS NACIDOS DE LA ACEDIA

¿Cuáles son los pecados que la acedia engendra como vicio capital? Si consideramos que equivale a lo que San Gregorio llama tristeza, debemos admitir con este último seis pecados derivados (“las hijas de la tristeza”): malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia en lo tocante a los mandamientos, divagación de la mente por lo ilícito.

San Isidoro de Sevilla indica, en cambio cuatro derivadas de la tristeza: el rencor, la pusilanimidad, la amargura, la desesperación; y seis de la acidia propiamente dicha: la ociosidad, la somnolencia, la indiscreción de la mente, el desasosiego del cuerpo, la inestabilidad, la verbosidad, la curiosidad.
Santo Tomás conoce las dos primeras enumeraciones y se esfuerza por darles un sentido lógico y armonizarlas tomando como base la de San Gregorio. Parte de lo que dice Aristóteles: “nadie por largo tiempo puede permanecer con tristeza y sin placer”, por lo que, de la tristeza nace necesariamente un doble movimiento: huida de lo que entristece y búsqueda de lo que da placer.

En síntesis, de la acedia se originan los seis pecados siguientes:

Malicia propiamente dicha. El término designa, “indignación y odio contra los mismos bienes espirituales”. Es un punto probablemente no querido ni sospechado por el acidioso, pero en el que lógicamente puede desembocar el resentimiento y animadversión que experimenta (cuando no es combatido) por los bienes espirituales o las personas que con ellos nos relacionan: se empieza por “amar menos”, se sigue por “preferir” otra cosa a los bienes espirituales; puede terminar por odiar aquello que ya desistimos de conseguir o buscar.

Rencor o amargura. Santo Tomás entiende esta expresión como “indignación contra las personas que nos obligan contra nuestra voluntad a los bienes espirituales que nos contristan”. Es decir, los superiores en la vida religiosa, y, para los perezosos en general, los virtuosos. Los primeros porque tienen autoridad para exigirnos el cumplimiento de la virtud. Los segundos porque el virtuoso, como el santo, “acusa” con su virtud eminente la desidia de los flojos.

Pusilanimidad. La acedia engendra la “pusilanimidad y cobardía de corazón para acometer cosas grandes y arduas empresas”. El tedio a la dificultad que comporta la virtud (al menos en los comienzos de la vida austera) engendra miedo al trabajo y a la perseverancia en las buenas obras y consecuentemente el ánimo se achica o se viene abajo.

Desesperación. Ha de entenderse como el natural fastidio y consecuente huida de aquella obra difícil que produce tristeza. El fastidio y el aburrimiento no combatidos (al menos mediante la perseverancia y firmeza en no abandonar la obra comenzada o el deber contraído) pueden terminar en el abandono, en la desesperación de no poder llevar adelante tales obligaciones.

Incumplimiento de los preceptos. Primero voluntariamente (ociosidad y somnolencia voluntarias ante los deberes de estado o simplemente ante los mandamientos divinos), y a la postre como una imposibilidad de obrar el deber fruto de la indiferencia adquirida.

Divagación por las cosas prohibidas (inestabilidad del alma, curiosidad, locuacidad, inquietud corporal, inestabilidad local). Divagar significa “apartarse del asunto que se debe o se está tratando”. Indica aquí el dirigirse hacia lo ilícito como fruto de la deserción de los bienes sobrenaturales. Es un volcarse hacia las creaturas del pecado en general y propio de este pecado en particular.

6.    COMO COMBATIR LA ACEDIA

Finalmente, con el deseo de poner freno a este mal de acedia, hay que reflexionar el modo de cómo sacarla de nuestra vida, para lo cual, hay que dar prioridad a la Palabra de Señor, oírla y orarla, buen remedio para no caer en tentación. “Vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: ¿Cómo es que están dormidos? Levántense y oren para que no caigan en tentación.  (Lucas 22, 45-46)

Un buen consejo nos viene de Santo Tomás: “Cuando pensamos más en los bienes espirituales, más nos agradan, y más de prisa desaparece el tedio que el conocerlos superficialmente provocaba”. Y el mismo en otro lugar: “Cuanto más pensamos en los bienes espirituales, tanto más placenteros se nos vuelven, y con esto cesa la acedia”. Condición fundamental para el amor es que la voluntad perciba como “bien para ella” aquello que debe amar. El verse objeto del amor de Dios enciende nuestro amor por Dios, lo que se puede lograre con la contemplación.

Hacer crecer la caridad hacia Dios y los dones por los que Dios se nos participa: la gracia, los dones del Espíritu Santo, los mandamientos divinos, los consejos evangélicos. Todos los medios para acrecentar la caridad son remedios para vencer la acedia: la vida fraterna, la misericordia, el trato asiduo con la Eucaristía, la oración perseverante, el hábito por la lectura de la Sagrada Escritura, la Lectio Divina, etc.

Pero la mejor arma, es la firmeza del propósito de no dejarse dominar por la acedia, para lo cual es necesario el trabajo perseverante y decidido contra el ocio, lo que se puede hacer por medio de la lectura espiritual, la lectura de los salmos, la oración, dedicarse a las buenas obras y darle importancia y prioridad a la cosas espirituales por sobre las mundanas, algo difícil en esto tiempos, donde somos tentados a diarios por la radio, la televisión, la vida superficial. Se puede perfectamente, hacer una vida cristiana entretenida con la cual se puede combatir el tedio, se puede de buena forma participar de la vida moderna, pero todo ello, siempre atento a la palabra del Señor, para no caer en esta torpe tentación de la somnolencia espiritual.

Recomienda el sabio: “Adquirir sabiduría, cuánto mejor que el oro; adquirir inteligencia es preferible a la plata. El camino de los rectos es apartarse del mal; el que atiende a su camino, guarda su alma…. El que está atento a la palabra encontrará la dicha, el que confía en el Señor será feliz. (Proverbios 16,20)

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

miércoles, 4 de noviembre de 2015

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA (Catecismo de la Iglesia Católica)

La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo primero); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artículo segundo).
 Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo tercero). Por sus actos deliberados (artículo cuarto), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo quinto). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo sexto). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo séptimo), evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo octavo). Así acceden a la perfección de la caridad.



La dignidad del hombre nace del hecho de haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza, haber sido reconciliado por Cristo y estar llamado a la Bienaventuranza del Cielo.

Es tanta la dignidad del hombre, que el Concilio Vaticano II afirma que el hombre es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (Gaudium et Spes, 24,3).

El hombre, ayudado por la gracia y usando bien de su libertad, puede identificar su voluntad con la voluntad e Dios, pues "Lo que Dios quiere es siempre lo optimo" (Santo Tomas Moro a su hija Margarita).

¿De dónde nace la dignidad del hombre?

La dignidad del hombre nace de ser creado por Dios a su imagen y semejanza, de haber sido reconciliado por Cristo y de estar llamado, mediante la gracia, a alcanzar su plenitud en la bienaventuranza del cielo.

¿Cómo puede el hombre llegar a la felicidad del cielo?

Mediante el ejercicio de su libertad, practicando el bien, cumpliendo en su vida el amoroso plan que Dios tiene para él.

¿Qué es la libertad?

La libertad es la capacidad que tiene el hombre de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas. La libertad es en el hombre signo eminente de la imagen divina.

¿Cuándo la libertad humana alcanza su grado máximo?

La libertad humana alcanza su grado máximo cuando el hombre descubre el pan de amor que Dios tiene para él y lo vive plenamente en su actuación diaria.

viernes, 4 de septiembre de 2015

RELACIÓN DE CIENCIA E IGLESIA

Algunos científicos actuales afirman que la Iglesia Católica se opone al desarrollo científico, pero hay muchos hechos que confirman lo contrario.

Muchos de los grandes avances científicos que hoy disfrutamos son fruto de los estudios que se realizan en las universidades. ¿Dónde surgieron las universidades? Basta dar una ojeada al pasado para descubrir que el comienzo de las primeras universidades del mundo surgió bajo el seno de la Iglesia. En ellas se estudiaba no sólo la filosofía y teología sino muchas de las ciencias como la astronomía y las matemáticas. Más tarde se desarrollarán los centros de estudios superiores en los campos laicos. La Iglesia, desde el inicio, se ha preocupado por el desarrollo científico en todos sus aspectos.

Pocas personas saben que la primera asociación científica del mundo fue promovida por la Iglesia. La Pontificia Academia de las Ciencias fue fundada en 1603 y en el 2003 cumple 400 años. Quizá muchos de nosotros no sabíamos que Galileo Galilei (uno de los más grandes científicos que revolucionaron la ciencia moderna con sus teorías heliocéntricas) fue miembro de esta Academia de las Ciencias. Es más, gracias al apoyo que recibió de ella pudo financiar la mayoría de sus obras científicas. Otro gran ejemplo es el sacerdote católico belga, George Lemaître, que propuso la teoría del Big-Bang (la gran explosión) como una posible explicación del origen temporal del universo. Esta teoría, hoy en día, es examinada con gran interés por los científicos por los recientes descubrimientos acerca de un eco en el universo que podría ser el resultado de esta gran explosión.

Albert Einstein y George Lemaitre

El interés que ha tenido la Iglesia por los avances científicos se ha incrementado de manera notable desde el siglo pasado. La ciencia está, cada vez más, al alcance de más personas y afecta diariamente nuestras vidas. La Iglesia es consciente de ello y ha motivado a buscar el mayor desarrollo científico para mejorar la vida de las personas. No se puede oponer a la ciencia cuando ésta busca la verdad, pues el mismo Cristo nos ha mandado que enseñemos la verdad al mundo entero. De esta necesidad de buscar la verdad surge la Academia de las Ciencias. En ella trabajan conjuntamente científicos de diversas naciones, sin distinciones de raza o religión, con el único requisito de buscar la verdad. La ciencia se presenta como un valor para la humanidad, que enriquece al hombre, cuando busca descubrir la verdad por los medios lícitos y buenos.

La Pontificia Academia de las Ciencias ha afrontado muchos de los problemas que afectan al mundo actual: el origen del universo, el cáncer, el problema del agua, la ecología y el medio ambiente, el uso de los recursos naturales, la energía, el problema del hambre en el mundo y las nuevas técnicas para mejorar el cultivo de la tierra. También ha estudiado los grandes interrogantes de la vida humana: investigaciones sobre el cerebro del hombre, el problema de la muerte y los trasplantes de órganos, el genoma humano, etc.

Es interesante ver que los Papas, especialmente desde Benedicto XV hasta Juan Pablo II, han apoyado mucho a la Academia de las ciencias. Le han lanzado el desafío de dirigir, hoy más que nunca, todos sus esfuerzos por crear una ciencia para la paz. La prioridad de una ciencia por la paz se intensifica a partir de los descubrimientos del miembro de la Academia de las Ciencias Max Planck (físico alemán que ha revolucionado la física moderna que recibió el Premio Nobel de física en 1918) sobre la teoría cuántica. Estos estudios se utilizaron para el desarrollo de la energía atómica. Max Planck, amigo del Papa Pío XII, en 1943 mencionaba al Papa los riesgos de la fusión atómica en la utilización de armas nucleares. Poco después se verían los efectos devastadores de una ciencia utilizada para la guerra como en el caso del uso de las bombas atómicas durante la segunda guerra mundial.

La Iglesia en la actualidad sigue promoviendo todos los avances científicos que ayuden a promover la paz y a mejorar la condición de vida de los hombres. La Pontificia Academia de las Ciencias sigue investigando y promoviendo la ciencia en favor del hombre. La Iglesia no está, de ningún modo, en contra de la ciencia que busca la verdad y respeta la dignidad de la persona humana, sino que ve en ella un camino para un mejor desarrollo del hombre y del mundo.

Discurso del Papa a los participantes en el Simposio Internacional celebrado con ocasión del 350 aniversario de la publicación de los "Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo" de Galileo Galilei (Roma, 9 de mayo de 1983)

Al dirigirme a vosotros, que representáis con honor los ricos horizontes de la ciencia moderna, deseo en primer lugar agradeceros cordialmente vuestra visita y deciros que vuestra presencia aquí esta mañana tiene para mí un alto valor simbólico, porque dais testimonio de que se está realizando un fecundo y profundo diálogo entre la Iglesia y la ciencia.

No olvidamos una época en que se registraron graves incomprensiones entre la ciencia y la Fe, resultados de malentendidos o de errores, que sólo humildes y pacientes revisiones lograron progresivamente disipar. Tenemos que alegrarnos conjuntamente de que el mundo de la ciencia y la Iglesia católica hayan aprendido a superar estos momentos de conflictos, comprensibles sin duda, pero ciertamente lamentables. Ha sido el resultado de una más exacta apreciación de los métodos propios a los diversos órdenes de conocimiento y el fruto de una más rigurosa actitud de espíritu aportada a la investigación.

La Iglesia y la misma ciencia han obtenido un gran provecho descubriendo, mediante la reflexión y la experiencia a veces dolorosa, cuáles son los caminos que conducen a la verdad y al conocimiento objetivo.

En opinión de la Iglesia Católica, el papa Juan Pablo II, dice “hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la fe y el de la razón”. Y llega a advertir que “no hay motivo de competitividad entre ambas fuentes de conocimiento: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización”. La doctrina de la Iglesia Católica sigue así el diagnóstico libro de los Proverbios 25.2: “Es gloria de Dios ocultar una cosa y gloria de los reyes escrutarla”. Es decir, el ser humano entiende por naturaleza a medir incluso lo inmensurable, y para ello utiliza la razón y la Fe a un tiempo.

Mientras que para la Iglesia Católica no existe motivo alguno para un conflicto entre fe y ciencia, existen muchos científicos que se han empeñado en señalar la imposibilidad de entablar un diálogo sano entre ambas. Un estudio publicado en Estados Unidos mostraría que el problema no sería por causa de la fe ni de la ciencia, sino más bien de algunos científicos, quienes en su mayoría rechazan el dato revelado y se declaran ateos, con sus consecuentes prejuicios y vicios metodológicos.

fuentes: www.catholic.net  / www.aciprensa.com

Vemos en general que la ciencia tiene conflicto con La Fe y la Iglesia, mientras que la Iglesia no tiene ningún problema con la Ciencia ni con la Investigación.